lunes, 6 de diciembre de 2010

Tres días de caminata por Sao Paulo








Hay varias maneras de conocer una ciudad. Una de las más institucionalizadas es a través de las oficinas de turismo y agencias de viajes. Otra a través de los mapas y programaciones presentadas en los periódicos o entregadas por la ciudad en especies de centros de información para el visitante. Otra la de sencillamente, dejar que la ciudad te busque y te encuentre. Mi estrategia ha sido una combinación de la segunda y tercera opción. En general, cada que me levanto, pienso en lo que no debo dejar de hacer, digamos que lo esencial y básico, y después me dejo llevar por el día. En algún momento, en el que más o menos me siento perdida, saco un mapa que me conseguí en uno de los centros de información turísticas de la ciudad y entonces retomo mi rumbo.
Me he encontrado entonces recorriendo distancias enormes, traspasando límites de barrios separados por viaductos y reconociendo, en los rincones cercanos de donde me alojo, personas, organizaciones y lugares maravillosos.
En esta parte de mi aventura, he contado con la compañía de María Teresa Arboleda con quien nos hemos entendido en el ritmo de nuestras pisadas. Nos encanta caminar y explorar.
Un día antes de encontrarme con María Teresa me fui sola al centro, al Mercado Municipal tentada por una especialidad paulista. El famoso sandwich de mortadela. Este es un bocadillo tamaño familiar que tiene como 500 pisos de mortadela y todas las calorias del mundo. Tomé una cerveza y me fui a explorar qué vendían además de este monumento a las carnes frías. Encontré variedad de viandas. De todo lo que se come en proporciones pantagruelicas. Quesos, carnes, pescados, especias, nueces, almendras, frutas y flores. Probé una fruta de la que olvidé su nombre pero que en su presentación y sabor es como una gran pitaya roja.
Al día siguiente del mercado, ya con María Teresa fuimos caminando al Barrio Liberdade que tiene un aire al barrio chino de Nueva York. Entre caminata buscando dónde almorzar y dónde tomar el omnibus que nos iba a traer de nuevo a nuestros respectivos lugares de alojamiento, nos pasamos mínimo 5 horas en movimiento.

Después aunque el cansancio era mucho, fui a cine. Este es uno de los lugares maravillosos encontrados en un radio de una cuadra de mi hotel. Allí en la esquina encubierta en pintura negra y vinotinto, está un local con 8 sala de cines, Bellas Artes, en la que pasan todo el día cine. Me encanta esta proximidad al séptimo arte, no buscada. Entonces entré a ver una película documental llamada José y Pilar, que cuenta la historia de vida-amor de José Saramago y su esposa española, periodista. En la película que nos lleva al agite de vida de un premio Nobel con más de 80 años, al que ante la pregunta sobre qué siente que le hace falta, ahora que ha ganado este premio supremo de las letras, y responde, tiempo, pensaba mucho en lo qué es el amor, entre una mujer joven y un hombre mayor. El amor entre un escritor y una periodista. El amor entre dos países y dos lenguas. El amor en la diferencia. De esta reflexión me surgió la idea que el amor es una suma para algunos que luego divide. Y para otros como en el caso de estos dos personajes, el amor es una suma de diferencias que después multiplica. Multiplica energías, intenciones, promesas. Multiplica sonrisas, abrazos, palabras.....
Recomendable entonces, la película José y Pilar. No recomendable para personas con una condición de sensibilidad a las grasas, el sandwich de mortadela paulista.

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